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Ganas y Canas: 3 años, pero la edad no nos define

Foto del escritor: Livi Betancur
Livi Betancur
3 oct
7 min de lectura

Hace 3 años nació la comunidad de Ganas y Canas y con ella este espacio de conversación. En ese momento, cada newsletter era un pequeño adelanto de los capítulos del libro “Ganas y Canas: la fórmula para ser de buenas” que hoy, en su cuarta edición, sigue creciendo.

En ese primer libro les conté que vendría un segundo dedicado a la conexión intergeneracional. Luego Ganas y Canas se convirtió en una Fundación y ese segundo libro hoy es una realidad, liderado oficialmente por la Fundación y por su gerente, Diana Franco.

Livi Betancur Ganas y Canas

Así que para celebrar estos tres años de Ganas y Canas, quiero volver al comienzo, y desde hoy, algunas de estas newsletters volverán a ser adelantos del segundo libro. Y hoy quiero hablarte de un tema que es protagonista en esta linda comunidad y que seguro será el primer capítulo:

LA EDAD NO NOS DEFINE

Durante mucho tiempo hemos construido un calendario invisible para la vida; hemos establecido edades para estudiar, comenzar a trabajar, liderar, formar una familia y retirarse; y también hemos creado fronteras menos evidentes para aprender, arriesgarse, cambiar de rumbo, divertirse, enamorarse, emprender o comenzar de nuevo.

Ese calendario ha moldeado la manera en que imaginamos a las generaciones. A los jóvenes solemos asociarlos con energía, irreverencia, velocidad, tecnología y deseo de conquistar el mundo, mientras que a los adultos maduros los relacionamos con experiencia, estabilidad, prudencia, tradición y una vida cada vez más tranquila.

Estas asociaciones parecen naturales porque las hemos oído y repetido muchas veces, aunque difícilmente alcanzan a describir la diversidad que existe dentro de cada generación y pueden influir en la manera en que tratamos a una persona incluso antes de conocerla.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) utiliza el término "edadismo" para referirse a los estereotipos que construimos a partir de la edad, los prejuicios que estos generan y las formas de discriminación que pueden aparecer como consecuencia. Su alcance es enorme; la OMS estima que 1 de cada 2 personas en el mundo mantiene actitudes edadistas hacia las personas mayores y reconoce que el edadismo también afecta a las personas jóvenes.

Puede aparecer a los 20 años, cuando alguien escucha “todavía te falta mucho para entender”; a los 30, cuando una persona es considerada demasiado joven para asumir una posición de alta responsabilidad; a los 55, cuando empiezan a disminuir ciertas oportunidades laborales; o a los 70, cuando otros comienzan a decidir qué actividades debería dejar de hacer.

Con el tiempo, esas miradas también pueden instalarse dentro de nosotros y convertirse en frases como “todavía estoy muy joven para opinar” o “ya estoy muy viejo para empezar”. Y entonces la edad comienza a condicionar las posibilidades que imaginamos para nosotros mismos y para los demás.

Por eso resulta tan importante observar cuánto de lo que llamamos “propio de una edad” corresponde realmente a la persona que tenemos enfrente.

La realidad viene desdibujando muchas de esas fronteras. Hace poco me encontré con una tendencia que se llama Grandmacore o Granny Core; jóvenes que están recuperando actividades que durante años asociamos con los abuelos: tejer, bordar, hornear pan, cultivar plantas, hacer rompecabezas, jugar juegos de mesa, leer y encontrarse alrededor de actividades más tranquilas.

Eventbrite encontró que el 73 % de la generación Z reporta agotamiento digital y crecimiento en encuentros alrededor del tejido, la costura y la repostería. Los eventos de crochet crecieron 44 % y los encuentros sober-curious, aquellos que proponen socializar con poco o ningún alcohol, aumentaron 92 %. Los invito a hacer la prueba, entra a TikTok, Instagram o Pinterest y busca: #Grandmacore, #GrannyCore, #GrandmaHobbies o #AnalogHobbies.

Y mientras algunos jóvenes recuperan actividades que durante años asociamos con sus abuelos, al otro lado de la vida está ocurriendo algo igual de interesante: los mayores también están rompiendo el libreto. 

En 2026, el 64 % de los adultos mayores de 50 años encuestados por AARP planea viajar y el 86 % considera los viajes una de sus principales prioridades para usar su dinero disponible. Hace poco mi mamá, Vicky Aguirre, cumplió 80 años y regresó de un viaje por África; un viaje en el que vivió múltiples aventuras desde montar en helicóptero, tomar el globo para ver manadas de animales, bailar con saltos erráticos de los masái, navegar en ríos peligrosos o bañarse en la Piscina del Diablo, en las Cataratas Victoria.



Los comportamientos de las personas dejaron de obedecer tan claramente a la edad y sin embargo, nuestras creencias todavía no se han actualizado a la misma velocidad.

Algo parecido sucede en el trabajo. La OCDE ha advertido que las etiquetas generacionales pueden exagerar las diferencias entre grupos de edad y que trabajadores de distintas generaciones comparten mucho más de lo que solemos imaginar en aquello que valoran y esperan de su experiencia laboral. Dentro de una misma generación también existen enormes diferencias, determinadas por las historias de vida, el contexto, las oportunidades, la educación, la cultura, los intereses y las decisiones personales.

A pesar de ello, seguimos clasificándonos. El problema aparece cuando explicamos automáticamente las diferencias por la edad, “Es que es muy joven”, “Es que es de otra generación”, “Es que a su edad ya…”. Hemos puesto demasiado énfasis en las generaciones, clasificamos a las personas por generaciones y después atribuimos a esas generaciones maneras de pensar, trabajar, aprender, comunicarse y relacionarse. Estas categorías pueden ayudarnos a comprender fenómenos sociales y se convierten en un problema cuando dejamos de utilizarlas para comprender tendencias y empezamos a utilizarlas para anticipar personas.

Por eso es tan importante desaprender algunas de las cosas que creemos saber de alguien apenas conocemos su edad y, desde ahí, resignificar también dos palabras que están en el corazón de Ganas y Canas. Podemos tener cinco generaciones trabajando en la misma empresa y seguir viviendo en silos; podemos compartir oficina, reuniones, indicadores y hasta propósito, sin conocernos realmente. 


 

Hicimos hace pocos días un café de la ARL de Seguros Bolivar con sus clientes claves en Bucaramanga, titulado “Conexión Intergeneracional”. Reunimos a más de 80 personas y les propusimos un ejercicio muy sencillo: por mesas debían conversar y ponerse de acuerdo alrededor de tres preguntas relacionadas con la edad.

Queríamos descubrir qué edades tenemos instaladas en la cabeza para definir cuándo alguien es joven, cuándo empieza a envejecer y qué creemos que una persona puede o debería hacer en el trabajo dependiendo de los años que tiene.

Lo fascinante fue estar en la conversación. Las respuestas cambiaban de mesa en mesa 35, 40, 50, 70 …. 90 y, detrás de cada número, aparecían experiencias, historias familiares, referentes y creencias que hemos ido acumulando durante años y que definen nuestros sesgos inconscientes. 

Muchas veces creemos que estamos describiendo a una persona cuando en realidad estamos describiendo lo que nosotros pensamos que alguien de esa edad debería ser. 

Una persona joven puede sentir que necesita demostrar permanentemente que sabe para conseguir que sus ideas sean tomadas en serio; puede cansarse de oir que su generación es impaciente, frágil o poco comprometida y, al mismo tiempo, puede descubrir que detrás de alguien con muchos años de experiencia existe una persona interesada en aprender con ella y construir algo nuevo.

Un adulto maduro puede percibir que algunas decisiones comienzan a tomarse sin consultarlo porque otros asumen que tendrá menos interés en cambiar, puede sentir que su experiencia empieza a confundirse con resistencia y también puede descubrir en una persona joven una mirada capaz de ampliar aquello que conoce y de hacer preguntas que nunca se había planteado.

Son experiencias posibles dentro de dos momentos distintos de la vida y sirven para recordar la enorme diversidad que existe dentro de cada generación. Esa diversidad puede convertirse en una ventaja cuando conseguimos ponerla a trabajar junta.

Estudios de la OCDE sobre fuerza laboral multigeneracional han encontrado complementariedades entre edades, conocimientos y habilidades, e incluso asociaciones positivas entre una mayor presencia de trabajadores de 50 años o más y la productividad en las empresas analizadas. Vivimos más años y también vivimos esos años de manera diferente.


⚡ Ejercicio de la semana:

1️⃣ Completa estas frases con la primera respuesta que aparezca, sin buscar la respuesta correcta ni intentar mostrar una versión mejor de ti mismo:

Cuando una persona de 20 años entra a una reunión importante, normalmente pienso que…

Cuando una persona de 65 años propone liderar un proyecto nuevo, normalmente pienso que…

Hay cosas para las que considero que alguien puede ser demasiado joven, como…

Hay cosas para las que considero que alguien puede ser demasiado viejo, como…

2️⃣ Ahora piensa en tres palabras y relaciónalas con la edad de una persona que aparece de forma espontánea en tu mente cuando las dices:

a) Innovación

b) Experiencia

c) Aprendizaje

Mira tus respuestas con curiosidad, pregúntate de dónde vienen, qué experiencias las construyeron, cuáles siguen teniendo sentido y cuáles estás dispuesto a poner en duda.

Observar nuestras primeras asociaciones permite comprender cómo funcionan y cuánto pueden estar influyendo en la manera en que nos relacionamos.


 La conexión intergeneracional empieza cuando hacemos conscientes nuestros sesgos y dejamos espacio suficiente para que la persona aparezca detrás de la edad.

Las ganas no tienen fecha de nacimiento y las canas no tienen edad de vencimiento.

Esta reflexión también transformó la manera en que entendemos nuestro propio nombre en la Fundación Ganas y Canas:

Las CANAS adquirieron un significado mucho más amplio que el color del pelo y empezaron a representar la experiencia, la perspectiva, los aprendizajes, las cicatrices, la memoria, las preguntas y los caminos recorridos.

Las GANAS empezaron a representar la curiosidad, el movimiento, el deseo de aprender, la capacidad de sorprenderse y la disposición para comenzar.

En cada uno de nosotros conviven las ganas y las canas, y la combinación cambia con nuestra historia, nuestras experiencias, el momento que estamos viviendo y aquello que todavía queremos aprender. Ahí encontramos una nueva manera de entender Ganas y Canas. Hoy, estas dos palabras dejaron de representar edades y empiezan a representar capacidades que todos podemos aportar.


Livi 💛

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