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Habitar el descanso

  • Foto del escritor: Livi Betancur
    Livi Betancur
  • 24 may
  • 4 min de lectura

Nunca había pensado en "habitar mis vacaciones" hasta este viaje. Y me he dado cuenta de algo que no había hecho consciente antes: pareciera que el único lugar donde tenemos permiso absoluto para descansar es la playa. 

En la playa nadie cuestiona que leas durante horas, duermas una siesta, te quedes mirando el mar, camines lento, comas tranquilo o simplemente no hagas nada. La playa socialmente representa descanso.

Pero cuando uno viaja a una ciudad, y aún más si te encuentras en otro país, pareciera que descansar estuviera nuevamente asociado a hacer muchas cosas, porque simplemente hay que "aprovechar estar en ese lugar". Y aparece la lista de las cosas para hacer, como visitar museos, hacer recorridos, conocer restaurantes, ir a exposiciones, ir a musicales, tomar fotos, "ver lo importante”, caminar kilómetros... En fin, moverse todo el día y terminar llegando agotados a medianoche, después de haber “descansado”.


Livi Betancur - Burocracia organizacional

Esta vez decidimos no hacer eso.

Vine con mi esposo a Madrid, a terminar nuestro MBA con dos semanas de clases presenciales; algo que soñamos hacer juntos desde hace muchos años y que hicimos realidad a nuestros cándidos 50 años.

Y curiosamente, este viaje que nació alrededor del aprendizaje, terminó convirtiéndose en una experiencia profunda sobre el descanso.

En las tardes libres no corrimos; decidimos descansar, dormimos, caminamos sin afán, comimos largo, nos quedamos quietos, nos sentamos a conversar, dejamos espacios vacíos y también leímos...

Al principio confieso que me costó trabajo, porque interiormente sentía que estaba “desaprovechando” el estar en Madrid. Pero justamente en esos días terminé de leer el libro “El puente donde habitan las mariposas” de Nazareth Castellanos, y hubo una palabra que me llamó mucho la atención: Habitar.


Livi Betancur

Nazareth Castellanos es física teórica y doctora en neurociencia de la Universidad Autónoma de Madrid. Lleva más de veinte años investigando la actividad cerebral, dirige un laboratorio que estudia la neurociencia de la meditación y la relación entre el cerebro y el cuerpo, y ha trabajado en instituciones como el King’s College de Londres y el Instituto Max Planck de Alemania. Pero lo que me parece más lindo de su trabajo es que no escribe para científicos sino para personas.

Tiene una forma de unir la neurociencia, la filosofía y la experiencia cotidiana que se siente, como si te contara un cuento.

En este libro, Nazareth toma como punto de partida la filosofía de Martin Heidegger, específicamente su conferencia "Construir, Habitar, Pensar" de 1951, y propone que la experiencia humana descansa sobre estos tres pilares fundamentales:

construir, habitar y pensar.

 Luego, lo cruza con la ciencia y nos habla de cómo el cerebro es un órgano plástico, que se construye de lo que vivimos y de cómo lo vivimos; de cómo la respiración es un puente entre el mundo exterior y el interior, y de cómo hemos perdido la conexión con el cuerpo, con el silencio y con la percepción consciente del presente.

Lo más impresionante es pensar que Heidegger hablaba de esto desde los años 40, antes de los celulares, las redes sociales, WhatsApp y la hiperconectividad. Desde esa época él ya estaba preocupado porque el ser humano comenzaba a vivir atrapado en el hacer constante, desconectado del instante y de la capacidad de permanecer verdaderamente en la vida.

Nazareth habla mucho de cómo hemos perdido la conexión con el cuerpo, con la respiración, con el silencio y de cómo vivimos saltando de un estímulo a otro, del scroll de la red social, de una pantalla a otra, de una tarea a otra, de un pensamiento al siguiente, y en medio de tanto movimiento, dejamos de habitar la vida.

Porque una cosa es estar en un lugar… y otra muy distinta es permitir que algo de ese lugar también habite en ti. Y creo que eso fue lo más bonito de este viaje. Madrid dejó de ser una lista de sitios por visitar y se convirtió en un espacio para HABITAR. 

Y entonces entendí que también existe una productividad disfrazada de descanso.

A veces el cuerpo sale de vacaciones pero seguimos intentando optimizar el viaje, aprovechar el tiempo, llenar los espacios y demostrar (aunque nadie lo haya pedido) que sí estamos viviendo intensamente. Pero ahora me encuentro descubriendo que vivir intensamente significa habitar más profundamente cada espacio en el que estamos.

La palabra habitar viene del latín habitare, que significa morar, vivir, permanecer. Y qué palabra tan poderosa para este momento de la vida, porque el verdadero bienestar está en aprender a permanecer en cada experiencia del día, en dejar de pasar tan rápido por nosotros mismos y volver a sentir el instante mientras ocurre.

Así que esta semana quiero dejarte una invitación muy pequeña...


⚡ Reto de la semana: habitar un momento del día

Así es, un momento; uno solo. Solo vivirlo tal y como llegue.

Puede ser el primer café de la mañana. 

💬 Una conversación.

🚿 Una ducha caliente.

🤗 El abrazo de alguien que amas.

🌃 El sonido de una ciudad desconocida.

👼 La risa de un niño.

🌅 Un atardecer.

🌬️ O incluso el silencio.

2️⃣ Cuando llegue ese momento, pregúntate:

¿Estoy realmente aquí?

¿Qué estoy sintiendo en el cuerpo?

¿Qué estoy pensando?

¿Qué de este instante no volverá a repetirse jamás?

3️⃣ Y antes de dormir, escribe una sola línea:

“Hoy habité la vida cuando…”


 La vida nos está pidiendo volver a habitarla para que no pase tan rápido.

Con todo mi amor,


Livi 💛

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