Quédate, aunque no sea lo que aprendiste...

¿Cómo te fue trayendo la plenitud a tu semana?
La semana pasada te dejé una invitación: llevar esos momentos de plenitud (los que vivimos en pausa) a la vida cotidiana. Y esta semana me sorprendí.
A pesar de una agenda llena, de días movidos, de reuniones retadoras, de encuentros temprano y noche, de muchas conversaciones… sentí plenitud.
Sentí la magia de iniciar procesos de coaching con líderes de mi equipo y transformar ese momento en un espacio para expresar de manera consciente, profunda y detallada lo que significan ellos desde su esencia, profesionalismo y vulnerabilidad. Fue un momento para honrar su vida, exaltar sus capacidades y también aterrizar los retos que necesitan alcanzar para seguir brillando. Fue un espacio de conexión y unidad contrario a la creencia que muchos líderes a veces tienen cuando necesitan ayuda.
Sentí plenitud en miradas que se detienen, en discusiones que se traslapan, en conversaciones que no se corren, en celebraciones y reencuentros con amigas del alma, en instantes de diversión con mi equipo fuera de la cotidianidad, en momentos donde, sin darme cuenta, estuve completamente ahí.

Y me quedé pensando…
¿Será que la plenitud tiene más que ver con cómo estamos que con lo que hacemos?
Y entonces apareció una palabra que no me ha soltado: Quedarse
Llegó de la forma más bonita, en un regalo de cumpleaños, el poema “La niña y el abrazo que abrió el cofre” que me escribió mi amiga hermosa Claudia Milena Manjarrez y que desde el momento que me lo entregó me sentí exaltada, como cuando pequeña mi papá me entregaba un regalo envuelto y yo sabía que era algo que me iba a gustar mucho aunque no supiera lo que era.
La promesa que me expresó Mile cuando me lo entregó era que le había devuelto algo que ella no sabía que podía tener. Lo alisté en mi mesita de noche antes de salir de semana santa y lo olvidé... no sé si te ha pasado que a veces preparas algo y en el afán de la salida lo dejas. Eso me pasó.

Durante toda la semana santa estuve pensando en ese poema, en leerlo y disfrutarlo.
Cuando llegué a Bogotá lo puse en mi morral segura que iba a encontrar el momento propicio para leerlo, y así fue. Estaba sola en un hotel en Cúcuta la noche anterior al Profe 2026. Saqué el poema y lo observé... estaba escrito en un papel mantequilla alargado y dispuesto como un pergamino; las letras eran de un tamaño y sincronía perfectos; el color del papel emulaba los colores tierra del viento. Leerlo fue simplemente un regalo extraordinario, porque en la medida que lo recorría sentía de manera profunda cada palabra y sobre todo cada recuerdo que emulaba nuestra anécdota como amigas.
En este poema, ella me agradeció por algo que yo no sabía que le había enseñado: a quedarnos cuando nos abrazamos. Y desde ese momento, esa palabra se me instaló en el cuerpo.
Quedarse, una palabra simple pero profundamente exigente. Viene de quedar, del latín quietare es decir aquietar, detener o reposar.
Quedarse es elegir no moverse, es estar cuando lo más fácil sería irse, y leyéndolo comprendí que la predisposición que tengo a moverme, pasar al siguiente punto, tener la acción para hacer ya, responder, avanzar, resolver, no está en un acto cotidiano que yo hago donde quedarme me sale muy natural: el abrazo.
Cuando abrazo no me quiero ir; me quedo sin prisa, sin agenda, como me enseñó mi papá. Él decía que el abrazo era el momento perfecto para conectar con el alma del otro y recargarse de energía. Y ese superpoder lo aprendí, porque cuando me quedo en un abrazo, siento que algo se ordena, se calma, se conecta en mí y en el otro que está conmigo. Y por eso me tocó tanto el poema, porque quedarse en un abrazo es una decisión, es sostener, confiar, es decir sin palabras: aquí estoy… y no me voy todavía.
En su poema, Claudia narra cómo su niña interior finalmente le ayudó a quedarse y disfrutar el abrazo. Sentí plenitud, porque hay partes de nosotros —esa niña, ese niño—que no necesitan explicaciones, necesitan presencia, necesitan tiempo, necesitan… que alguien se quede. Y muchas veces, ese alguien somos nosotros mismos.
Recordé una de las historias que más revisita mi hija Isabella y es la historia griega de Penélope. Ella es la esposa de Odiseo (Ulises), quien parte a la guerra de Troya y luego pasa años perdido intentando regresar a Ítaca. En total pasan casi 20 años y mientras él está afuera viviendo aventuras, enfrentando monstruos, tentaciones y pruebas, Penélope vive otra historia. En Ítaca, todos asumen que Odiseo no va a volver y empiezan a aparecer pretendientes. Hombres que quieren que Penélope rehaga su vida, que elija a uno de ellos y entregue el reino. La presión no es menor, no es romántica, es política, social, incluso de supervivencia. Ella les dice que elegirá esposo cuando termine de tejer un sudario, pero cada noche deshace lo que tejió durante el día. En otras palabras, Penélope eligió quedarse, y después de dos largas décadas, la vida la reúne con su amado.
⚡ Reto de la semana: el minuto que cambia todo
Esta semana elige tres momentos al día para quedarte:
En una conversación
Un silencio
Una mirada.
Un café.
Una pausa antes de responder.
Un abrazo.
Y cuando estés ahí, haz algo distinto: quédate un minuto más, pero de verdad, porque a veces, en ese pequeño espacio que no apuramos, algo dentro de nosotros se acomoda, se calma y se entiende.
Solo… quédate, respira, siente y observa. La clave no es el tiempo… es la calidad. Se trata de no interrumpir lo que está vivo, de permitir que el instante termine cuando tenga que terminar.
Y al final del día, pregúntate:
¿En qué momento me costó quedarme?
¿En cuál me salió natural?
¿Qué cambió cuando no me apuré?
Porque a veces, la vida necesita que dejemos de irnos tan rápido.
La plenitud a veces llega cuando, en medio del ritmo, decidimos quedarnos.
Te comparto el poema de mi amiga, esperando que toque tu corazón y tu parte más pura y luminosa, tal como lo hizo conmigo...
LA NIÑA Y EL ABRAZO QUE ABRIÓ EL COFRE
Yo no aprendí a quedarme.
Aprendí a irme
antes de que el amor
se diera cuenta
de que ya lo estaba necesitando.
El cariño, en mi cuerpo,
era un visitante breve.
Entraba,
tocaba algo,
y yo misma le abría la puerta de salida
para no tener que verlo irse después.
Por eso, cuando me abrazaban,
yo sabía hacerlo.
Claro que sabía.
Pero mi abrazo
llevaba escondido
un final.
Una forma sutil
de no quedarme del todo.
Te abracé
y, por dentro,
algo pequeño pensó:
ya estuvo bien…
ya es suficiente…
Y me aparté primero.
Como quien cumple
y se retira a tiempo.
Pero tú…
con esa dulzura
que no empuja,
con esa forma tuya
de no dejar que el amor
se quede a medias,
me miraste
y dijiste:
Ven…
otra vez no fue suficiente.
Y volviste a abrazarme.
Más despacio.
Más hondo.
Sin prisa.
Como si supieras
que había algo en mí
que aún no había llegado.
No entendí.
No entendí por qué no te ibas.
Por qué no había cierre.
Por qué el abrazo
no obedecía
las reglas que yo aprendí
para sobrevivir.
Pero algo en mí,
una parte muy antigua,
se quedó quieta.
Como si reconociera
ese lugar.
Por primera vez,
no supe huir.
Y ahí empezó todo:
El alma lo metió en un cofre
cuando amar se volvió peligroso.
No para olvidarlo,
sino para sobrevivir.
La llave se perdió.
O eso creí.
Porque ustedes
no intentaron abrirlo.
No preguntaron por la herida.
No buscaron explicaciones.
Solo hicieron algo más difícil:
se quedaron.
Lo suficiente.
Y entonces pasó.
No de golpe.
Pasó en lo pequeño.
En abrazos que no terminaban rápido.
En risas que no pedían permiso.
En una forma de estar
que no estaba calculando la salida.
Y algo cedió.
No se rompió.
Se ablandó.
Y en ese ablandarse
apareció un lugar
que yo no recordaba.
Un lugar donde existir
no tenía que ser justificado.
Yo lo sabía.
Aun siendo niña, lo sabía:
no tenía que dar nada,
no tenía que traer nada en las manos,
no tenía que convertirme
en algo distinto.
Donde el amor
no exigía que me fuera antes.
Y entonces entendí
que la llave nunca se perdió.
Solo estaba esperando
un abrazo
que no viniera a abrir…
sino a quedarse.
Ese día
no hice nada extraordinario.
No cambié el mundo.
Pero tomé una decisión
que lo cambió todo:
no volver a apagarme.
Desde entonces
la alegría ya no me pide permiso.
La llevo como se lleva la piel.
Y cuando hoy me abrazas,
y una parte de mí
todavía recuerda el miedo,
hago algo nuevo:
Me quedo.
Un instante más.
Y en ese instante
la niña entiende
que el amor
no siempre duele,
no siempre se pierde,
no siempre se paga.
Y que a veces…
llega en forma de amigas
que no vienen a salvarte,
sino a amarte
lo suficiente
para que tú
te atrevas
a no irte.
Con Amor, Mile
Autora: Claudia Milena Manjarrez
Un abrazo grande,
Livi 💛




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