Querer también es dejar ir...

Estas últimas semanas me tocó despedirme. Y digo "me tocó" porque hay despedidas que sabemos que van a llegar, que incluso celebramos porque significan que alguien cumplió un ciclo, pero cuando finalmente llegan... se sienten distinto.

Después de más de treinta años, se pensionó María Cristina Zuluaga, mi asistente. Aunque decir mi asistente se queda muy corto...
María Cristina ha sido, durante los doce años que he estado en Bolívar, mi mano derecha; la persona que me cuida sin que yo se lo pida, la que sabe cuándo necesito algo incluso antes de que yo lo diga, la que me oye, la que conoce mis silencios, la que muchas veces me lee la cara y entiende perfectamente qué está pasando sin necesidad de una sola palabra.
Doce años dan para aprenderse mucho más que una agenda; dan para aprenderse los ritmos, los gestos, las mañas, las preocupaciones. Para saber cuándo acercarse y cuándo dejar espacio. Para reconocer un “sí” que en realidad significa “no estoy tan segura” y un “estoy bien” que claramente quiere decir otra cosa.
Por eso, cuando alguien así se va, no cambia solamente quién organiza tu agenda o quién está sentado cerca de ti. Cambia una parte de tu cotidianidad.
Despedir viene del antiguo espedir y que durante siglos estuvo relacionada con la idea de liberar a alguien, darle permiso para marcharse. Con el tiempo adquirió ese sentido que hoy conocemos tan bien: acompañar a alguien en el momento de su partida.
Me pareció precioso porque despedirse es dar permiso para partir.
Y ahí entendí lo que me estaba costando: sentir una enorme alegría por María Cristina y, al mismo tiempo, sentir tristeza por mí. Porque para ella comienza una etapa maravillosa. Una etapa en la que el tiempo cambia de dueño, aparecen otros ritmos, otros planes, otras prioridades. Y para quienes nos quedamos, también comienza algo más: otra manera de hacer las cosas.
Construiremos nuevos códigos y seguramente aparecerán nuevas complicidades. Y creo que parte de despedirse bien consiste precisamente en no pretender que todo siga igual.

Hay personas que llegan a ocupar un cargo y hay personas que, con los años, terminan llenando un espacio en tu vida. María Cristina ha sido para mí una de esas personas.
En más de doce años también terminó conociendo y acompañando a mi familia, vio crecer a mi hija, oyó muchas veces a mi mamá, habló con mi esposo, supo de nuestros viajes, nuestras preocupaciones, nuestras celebraciones y de esas pequeñas cosas familiares que inevitablemente se cuelan en cualquier día de trabajo. Porque cuando alguien es tu mano derecha durante tantos años, deja de conocer solamente tu agenda y termina conociendo tu mundo.
María Cristina sabía quién era quién.
Sabía cuándo una llamada de mi mamá era importante, cuándo algo de mi hija requería mi atención, cuándo mi esposo necesitaba encontrarme. Y muchas veces hizo algo que hoy valoro todavía más: me ayudó a cuidar a los míos mientras me cuidaba a mí.
Pensándolo ahora, creo que esa es una de las razones por las que despedirla me duele tanto, porque no se va solamente alguien con quien trabajé por mucho tiempo; se va una persona que fue testigo silencioso de una parte importante de nuestra historia familiar.
Vio crecer a mi hija y, de alguna manera, también me vio crecer a mí.
Me vio cambiar de roles, enfrentar momentos difíciles, celebrar otros maravillosos, correr demasiado, equivocarme, aprender, empezar proyectos y soñar nuevos sueños. Fue testigo de días maravillosos y de días difíciles. De carreras, viajes, reuniones, cambios, angustias, celebraciones y seguramente de cientos de veces en las que yo creía que podía hacer más cosas en un día de las que humanamente cabían. Y ahí estaba ella... Cuidándome.

Por eso, esta despedida también me hizo pensar en algo de lo que hablamos poco cuando alguien se pensiona:
Celebramos sus años de trabajo, hablamos de la nueva etapa, hacemos homenajes, entregamos regalos, recordamos anécdotas. Pero pocas veces hablamos de la ausencia que queda en quienes seguimos.
Porque las relaciones también tienen rutinas: nos acostumbramos a una voz, a una mirada, a una llamada, a una manera de resolver, a saber que hay alguien ahí. Y cuando esa persona se va, tenemos que aprender nuevamente pequeñas cosas que parecían automáticas.
Despedirse también es aprender a vivir de otra manera después de la partida de alguien. Es reconocer el lugar que ocupó; agradecer profundamente lo que nos dejó y permitir que la vida vuelva a acomodarse. Y es ahí donde aparece una de las paradojas más bonitas de querer a alguien:
A veces querer también significa dejar ir.
Si tú también estás atravesando una despedida, comparto un ejercicio que espero te sirva como a mí:
⚡ Ejercicio de la semana:
Piensa en alguien de quien hayas tenido que despedirte porque terminó un ciclo. Puede ser un familiar que partió, una pareja, un amigo o un compañero de trabajo que tomaron otro camino... en fin, alguien que ocupó un lugar importante en tu vida.
Pregúntate:
¿Qué me dejó esa persona que, aunque ya no esté, permanecerá en mi vida?
Piensa en lo que dejó en ti: una manera de hacer las cosas, una frase, una costumbre, un aprendizaje, una forma de cuidarte, una conversación que todavía recuerdas...
Y si todavía puedes hacerlo, díselo.
No esperes a la despedida para agradecer. Porque quizás una de las maneras más bonitas de despedir a alguien sea contarle qué parte de ella se queda contigo.
Sé muy bien qué parte de María Cristina se queda conmigo: su manera de cuidar. De cuidarme a mí, a los equipos de trabajo y a los míos con tanto amor.
🌷🩷 Gracias, MariaCris por más de doce años leyéndome, incluso cuando yo no decía una palabra. Por conocer mi mundo, por acompañar a mi familia y por hacerte parte de nuestra historia. Ahora me toca hacer algo que, confieso, no me resulta tan fácil: darte permiso para partir.
Y quizás esto sea, finalmente, despedirse:
agradecer profundamente que alguien haya estado y quererla lo suficiente para dejarla ir.
Te abrazo fuerte,
Livi 💛




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