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¡Tienes una Voz!

Foto del escritor: Livi Betancur
Livi Betancur
20 sept
4 min de lectura

Esta semana estuve leyendo La voz del Líder, de Mariajo Quiceno. Lo tenía en mi mesita de noche pero no le había sacado el tiempo que necesitaba para hacer los ejercicios y realmente aceptar su invitación de navegar en mí.

Y llegó el día.

Y mientras avanzaba por sus páginas me pasó algo curioso: me di cuenta de que mi historia con la voz ha sido, al revés de la de muchas personas...

Livi Betancur Ganas y Canas

Yo no tuve que aprender que tenía voz. Desde pequeña, supe que la tenía. 

Crecí en una familia donde hablar, preguntar, opinar, controvertir y decir lo que pensaba no solamente estaba permitido, sino que era estimulado. Mi voz fue reforzada. Nunca sentí que tuviera que pedir permiso para usarla. 

Con los años he descubierto que eso que para mí resulta tan natural no necesariamente lo es para los demás.

Hay personas que entran a una reunión con una idea y salen de ella sin haberla dicho.

Personas que saben que algo no está bien, pero prefieren guardar silencio.

Personas que ensayan mentalmente una conversación muchas veces y finalmente deciden no tenerla.

Personas que frente a alguien con mayor jerarquía sienten que su voz se vuelve más pequeña.

Yo observaba esas situaciones y muchas veces no lograba entenderlas del todo.

Hasta que me pasó. Hubo un momento de mi vida profesional, en el que tuve un jefe que quería algo de mí que yo no sabía muy bien cómo darle: quería que yo no alzara tanto la voz.

Me refiero específicamente a opinar, controvertir, poner sobre la mesa lo que veía, decir aquello con lo que no estaba de acuerdo.

Y por primera vez experimenté una sensación que para mí era completamente desconocida: el sentirme atrapada y muda.

Fue profundamente incómodo.

Cuando has sentido durante toda tu vida que tu voz es parte de quién eres, que alguien intente reducirla no se siente solamente como “hablar menos”, se siente como ser menos tú.

Ese fue probablemente el único espacio de mi vida en el que sentí realmente el rechazo a mi manera de hablar y de poner mi voz.

Y hoy, muchos años después, leyendo a Mariajo, entendí algo que quizá entonces no alcanzaba a comprender:

hay personas que han sentido eso durante buena parte de su vida.



Conocí a Mariajo en Women in Connection y desde entonces he tenido el enorme placer de disfrutar su alma, su inteligencia y esa capacidad maravillosa que tiene para verbalizar lo que piensa.

Pero hay algo que admiro especialmente en ella: Mariajo alza la voz.

La alza cuando considera que algo debe decirse.

La alza aunque incomode.

La alza incluso cuando pareciera que el mundo se nos va a venir encima.

Y por eso he conectado tanto con ella, por eso le tengo una admiración y un amor profundo a su ser genuino, valiente y certero.

Leyendo su libro entendí que para muchas personas alzar la voz supone una batalla enorme, una batalla contra los sesgos, contra aquello que escucharon de pequeños, contra el miedo a equivocarse, contra la necesidad de agradar, contra las jerarquías, contra esa vocecita interna que pregunta antes de hablar:

“¿Y yo quién soy para decir esto?”

Y entonces pensé algo que me hizo sonreír:

“Aquí la rara he sido yo”.

Porque vivo en un mundo en el que muchas personas aprendieron a moderar su voz y yo tuve la fortuna de crecer aprendiendo a usarla, incluso, reconozco, a veces a usarla demasiado.

Alzar la voz es sentir que tengo derecho a poner lo que pienso en la conversación.

Quienes tenemos facilidad para poner nuestra voz también tenemos una responsabilidad y es no ocupar con ella el espacio que otros necesitan para encontrar la suya.

Mi reto ha sido aprender cuándo alzarla, cómo alzarla y cuándo hacer silencio para que aparezca la voz de alguien más.

Y eso también es liderazgo.

Esta semana no tengo una palabra. Tengo una frase:

ALZAR LA VOZ.

Para algunos significará atreverse a hablar.

Para otros, dejar de pedir permiso.

Para otros, poner un límite.

Para otros, decir “no estoy de acuerdo”.

Y para quienes, como yo, hemos tenido la fortuna de sentir desde pequeños que nuestra voz importa, esto significa algo diferente:

usar nuestra voz para ayudar a que otras voces también tengan lugar.


⚡ Ejercicio de la semana:

Quiero proponerte tres preguntas para reflexionar hoy:

¿En qué espacios sientes que tu voz aparece con libertad?

¿En cuáles todavía la haces pequeña por miedo a lo que pueda pasar?

Y una tercera que me voy a hacer especialmente yo:

Cuando alzo mi voz, ¿estoy ayudando a que aparezcan otras voces o estoy ocupando todo el espacio?

El verdadero poder de nuestra voz está en lograr que, cuando la usemos, otros también sientan que pueden usar la suya.


Gracias, Mariajo, por hacerme mirar algo que había dado por sentado durante toda mi vida. Yo tuve la fortuna de crecer sabiendo que tenía voz.

Hoy entiendo que no todo el mundo tuvo esa fortuna. Y quizás por eso quienes sí la tuvimos tenemos una responsabilidad todavía mayor: alzarla cuando haga falta y usarla para que nadie tenga que sentirse atrapado y mudo.


Te abrazo fuerte,


Livi 💛

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