Volví a estar conmigo

Este fin de semana volví a estar conmigo...

La palabra conmigo la he dicho miles de veces, pero nunca me había detenido a pensar qué significa realmente estar conmigo.
En latín se decía mecum: me significaba “mí” y cum, “con”.
Con los años y la evolución de nuestra lengua, mecum terminó convirtiéndose en migo. Parece que en algún momento dejamos de reconocer que ese go ya llevaba escondido el “con”, se lo volvimos a poner adelante y terminamos diciendo: CON-MIGO.
Encontré que uno de los primeros registros escritos de la palabra conmigo en español tiene más de 800 años. Aparece hacia 1180 en la obra teatral "El Auto de los Reyes Magos". Es decir, llevamos más de ocho siglos diciendo conmigo y no hemos aprendido del todo a estarlo. Por lo menos a mí me ha costado.
Tengo un espacio en Santa Marta que se ha convertido en mi paraíso, mi lugar de paz. No sé explicar exactamente qué tiene, pero cuando llego a ese espacio, el mar, la luz, el silencio, el ritmo hacen que me sienta plena, completa, sin vacíos. Pero lo usual es que venga acompañada de mi esposo, mi familia o mis amigos.
Este fin de semana, después de mucho tiempo, llegué a habitarlo sola, o mejor, conmigo. Incluso cuando le conté a mi mamá y a mi hermano que vendría sola, me respondieron:
“Eso es lo que nosotros más disfrutamos, pero tú no eres así. Tú siempre estás acompañada”.
Confieso que el comentario me sorprendió y me puso a pensar:
¿Será que yo le huyo a estar conmigo?
Siempre he disfrutado muchísimo de la gente, de una buena conversación, una comida larga, una llamada, un plan, mi familia, mis amigos. Y lo sigo disfrutando. Pero hay una diferencia enorme entre la elección de estar con otros porque quiero compartir, y la de necesitar estar con otros porque no sé qué hacer cuando me quedo conmigo. Y esa diferencia me habló al oído...
¿Qué pasa cuando no estoy conmigo?
Porque uno puede estar solo sin estar consigo mismo, pasar horas pegada al celular, llenar cada espacio con una llamada, trabajar sin parar, buscar ruido para no encontrarme con el silencio.
Cuando no estoy conmigo dejo de percibir cosas importantes, como qué estoy sintiendo, qué necesito, qué me está haciendo bien, qué me está incomodando, qué quiero de verdad. Cuando se apaga el ruido de afuera, empieza a escucharse lo de adentro.
Y justamente este fin de semana apareció un libro que llevaba más de seis meses esperando a que lo abriera...
Mi amiga y maestra, Gladys Torrado, me regaló Silencio de Thích Nhất Hạnh, para mi cumpleaños. Lo había traído a Santa Marta pensando que aquí lo iba a leer. Pasaron los meses y no lo hice. Hasta ahora.
Silencio llegó en el momento indicado.
Porque mientras yo estaba tratando de entender qué significaba estar conmigo, el libro empezó a hablarme justamente sobre el camino de regresar a nosotros mismos.

Thích Nhất Hạnh nació en Vietnam en 1926 y se hizo monje a los 16 años. Fue maestro zen, poeta, escritor y, sobre todo, un incansable constructor de paz. Su defensa de la paz lo llevó al exilio durante décadas. En Francia fundó Plum Village, una comunidad que se convirtió en uno de los centros de práctica budista más importantes de Occidente. Desde allí llevó a millones de personas una idea aparentemente sencilla: podemos regresar al presente a través de algo tan cotidiano como respirar, caminar, comer, oir o hacer silencio.
Después de décadas lejos de su país, pudo regresar a Vietnam. Allí murió en 2022, a los 95 años, en el mismo templo de Huế donde había comenzado su vida como monje.
Una de las ideas que más me impactó de su libro Silencio fue la de los cinco alimentos. Thích Nhất Hạnh nos invita a mirar de qué nos alimentamos, entendiendo el alimento de una manera mucho más amplia que aquello que comemos. Nos alimentamos también de lo que vemos,oímos y consumimos; de nuestras intenciones; de nuestra conciencia; y de las personas y ambientes que dejamos entrar en nuestra vida.
Y pensé que quizás estar conmigo también es hacerme responsable de aquello con lo que me alimento:
¿Qué estoy dejando entrar? ¿Qué conversaciones me nutren? ¿Qué imágenes consumo? ¿Qué pensamientos repito? ¿Qué deseos alimento? ¿Qué personas me hacen bien? ¿Qué ruido estoy usando para no oirme?
Porque no basta con estar físicamente sola para estar conmigo, también necesito aprender a cuidar el espacio que habito por dentro.
En el libro el habla del bodhisattva, que en la tradición budista es alguien que trabaja en su propio despertar y que, al mismo tiempo, elige acompañar a otros en el camino de aliviar su sufrimiento. Este concepto me impactó mucho, porque buena parte de mi vida y de mi trabajo ha consistido en acompañar personas, y según esta definición, no podría acompañar verdaderamente a otro si primero no sé cómo estar conmigo.
¿Cómo escuchar profundamente a alguien si estoy llena de mi propio ruido? ¿Cómo contener su miedo si estoy huyendo del mío? ¿Cómo acompañar su tristeza si necesito rápidamente llenarla de palabras porque su silencio me incomoda? ¿Cómo ayudar a alguien a encontrarse si yo misma estoy evitando encontrarme?
Acompañar a otro empieza en mí: en mi capacidad de estar presente, de reconocer lo que siento, de hacer silencio, de no necesitar que el otro me complete, me valide o me necesite para sentir que yo estoy bien. Entender que mi completitud no depende de nadie. Y esto no significa que no necesite a los demás, pero estoy descubriendo que existe una diferencia enorme entre necesitar de otros para completarme y elegirlos para compartir desde mi completitud.
Estar conmigo es recordar que, antes de salir a buscar respuestas, compañía o refugio afuera, siempre puedo regresar a mí. Puedo amar, acompañar, compartir y dejarme acompañar sin pedirle a nadie que ocupe el lugar que solo me corresponde a mí.
Este fin de semana descubrí que, después de tanto tiempo, había vuelto a encontrarme. Y ahora sé que, pase lo que pase, siempre puedo regresar a mí. Por eso, quiero compartirte un sencillo ejercicio para que tú también puedas volver a estar contigo...
⚡ Ejercicio de la semana: Una cita conmigo
Regálate 20 minutos contigo. Sin celular, música, televisión. Solo contigo.
Busca un lugar que te guste. Siéntate, camina, mira por una ventana, tómate algo rico. No tienes que meditar ni hacer nada especial. Simplemente quédate ahí y deja que aparezca lo que tenga que aparecer.
Cuando estés ahí, contigo, hazte tres preguntas:
1. ¿Cómo estoy?
2. ¿De qué me estoy alimentando? ¿Qué estoy dejando entrar en mi mente, en mis emociones y en mi vida? ¿Qué me nutre y qué me drena?
3. ¿Qué necesito de mí? (Antes de preguntarte qué necesitas de alguien más, pregúntate qué puedes darte tú).
Y cuando terminen esos 20 minutos, hazte una última pregunta:
¿Cómo me sentí estando conmigo?
El ejercicio es una invitación a descubrir qué pasa cuando dejas de buscar afuera y te das permiso de quedarte ahí. Contigo. Seguramente vas a encontrar silencio, incomodidad, paz o algo de ti que llevaba mucho tiempo intentando hablarte. Solo hay que hacer silencio para poder oirte y disfrutarte contigo.
para cerrar quiero recomendarte el Episodio #24 de nuestro podcast Ganas y Canas "Bienvenida al futuro: Ganas + Canas".
En este nuevo episodio, conversé con Sandra Jaramillo, una amiga de vida, canosa y experta en talento humano, Tomás Díaz y Luciana Bacci, dos ganosos que han llevado un proceso de mentoría intergeneracional para su empresa Welcomer, la cual se especializa en el software impulsado por IA para abarcar diversos aspectos de los recursos humanos dentro de las empresas, enfocándose en el proceso de onboarding y capacitación.
Te abrazo fuerte,
Livi 💛




Comentarios