¿Qué significa realmente RESIGNIFICAR?

Hay un ejercicio que hago en las conferencias de Ganas y Canas, que me gusta mucho, en el que invito a que cierren los ojos, respiren profundamente y viajen a su infancia. Y ahí, los llevo a recordar el momento más feliz de cuando eran niños.

En muchas personas aparecen sonrisas, un paseo en bicicleta, un abrazo de los abuelos, un juego en la calle, un cumpleaños, un olor que despierta un recuerdo, unas lágrimas de nostalgia porque un ser querido ya no está.
Pero también hay quienes durante el ejercicio no encuentran ese momento feliz y abren los ojos con una sensación de vacío en su alma.
En el cierre del ejercicio me gusta ejemplificar cada uno de los casos, y durante las últimas conferencias, de manera casi automática venía respondiendo con mucha tranquilidad y convencimiento para aquellos que no lograban tener un recuerdo feliz de pequeños: “Todos tenemos la oportunidad de resignificar nuestra historia, volverla a visitar y decidir verla con otros colores”.
Estaba convencida de que era una buena invitación hasta esta semana, cuando, conversando con mi hija Isa, entendí que esa frase necesitaba mucha más profundidad...
Desde muy pequeña, Isa vivió experiencias muy dolorosas de bullying. Mientras hablábamos le dije, con el deseo más genuino de verla libre:
—Mi amor, resignifica esa historia.
Ella me miró con los ojos llenos de lágrimas y me respondió algo que todavía sigue en mi cabeza:
—Mamá, ya llevo años haciendo ese trabajo. Le escribí una carta a mi niña, le dije que no tenía la culpa y entendí que no había hecho nada malo.
Hizo una pausa y continuó:
—Pero todavía culpo a los niños, a los profesores y a los papás que permitieron que eso pasara. Y cuando algún amigo no me invita o siento que alguien se aleja, aparece una voz dentro de mí que me dice: “No te quieren. Te van a volver a hacer daño”.
Mientras la escuchaba, sentí que mi respuesta de siempre se había quedado corta. Comprendí que había confundido resignificar con superar.
Busqué entonces el origen de la palabra. Resignificar es una palabra que a su vez reúne tres significados:
Re-: prefijo latino que significa de nuevo, otra vez, hacia atrás o volver a hacer.
Significar: proviene del latín significāre, formado por signum: señal, marca, símbolo.
Y literalmente, significāre era “hacer una señal”, “dar a conocer mediante un signo” y, con el tiempo, atribuir un sentido o un significado.
Así, resignificar significa, en su sentido etimológico:
“Volver a dar significado” o “otorgar un nuevo sentido a algo que ya tenía uno”.
Lo interesante es que resignificar tiene el prefijo re- que implica volver sobre ello para darle una nueva interpretación a esa marca que tienes .
Pero hay marcas que, aunque cambien de significado, siguen dejando un eco. Y ese eco no desaparece porque alguien nos diga que ya pasó, o por fuerza de voluntad o porque entendimos racionalmente lo que ocurrió.
En la charla con mi hija aprendí que resignificar más bien consiste en lograr que una experiencia dolorosa deje de decidir cómo vivimos el presente.

Quizás la voz de esa antigua narración siga apareciendo; la diferencia es que, poco a poco, deja de ser quien toma las decisiones.
Creo que todos tenemos alguna voz parecida.
La que dice: “No soy suficiente”, “Otra vez me van a rechazar”, “No puedo confiar” o “No voy a ser capaz”.
Tal vez esas voces nacieron hace muchos años, cuando éramos demasiado pequeños para entender lo que estaba ocurriendo. Y aunque hoy somos adultos, a veces siguen intentando escribir nuestra historia.
Resignificar es aprender a escuchar una voz más sabia, más compasiva y más amorosa, que les recuerde que ya no tienen ese poder. Porque el pasado siempre hará parte de nuestra historia, pero no tiene por qué convertirse en el autor de nuestro futuro.
La coherencia cardíaca me ha enseñado a mirar la infancia con ternura. Ese es el lente con el que quiero que mi hija lo vea, y tú también.
Los primeros años de vida son el momento en que nuestro cerebro está más abierto al aprendizaje. Sin los filtros que desarrollamos después, comenzamos a escribir las primeras respuestas a preguntas que nunca formulamos conscientemente: ¿el mundo es un lugar seguro?, ¿merezco ser amado?, ¿puedo confiar en los demás?
Es como si, sin saberlo, empezáramos a instalar el software con el que interpretaremos la vida. Muchas de esas creencias nacen de experiencias luminosas, otras de heridas que nunca debieron existir.
Pero hay una verdad profundamente esperanzadora y es que ese software no es una condena, la conciencia nos permite revisarlo y el amor nos permite actualizarlo.
Por eso hoy quiero invitarte a hacer un ejercicio que te permita recuperar la libertad de escribir un nuevo capítulo...
⚡ Reto de la semana
Esta semana te invito a regalarte unos minutos de silencio.
Piensa en un recuerdo de tu infancia que todavía tenga fuerza en tu vida.
Pregúntate:
✨ ¿Qué creencia nació de esa experiencia?
✨ ¿Sigue siendo verdad o solo fue la explicación que ese niño pudo encontrar para entender lo que estaba viviendo?
✨ Si hoy pudieras abrazar a ese niño o a esa niña, ¿qué le dirías?
✨ ¿Qué significado nuevo quieres darle a esa historia para que deje de limitar la persona que eres hoy?
La compasión hacia nuestra propia historia nos permite resignificar aquello que un día nos hizo creer algo de nosotros que nunca fue verdad.
Tal vez esa sea una de las mayores libertades de la adultez: no volver a ser el niño que sufrió, sino convertirnos en el adulto que puede darle un nuevo significado a esa historia.
Porque resignificar cambia el lugar desde el que el pasado habita en nosotros.
Si este tema resonó contigo, quiero hacerte dos invitaciones:
La primera es a que escuches al doctor Bruce Lipton, quien explica de manera sencilla cómo las creencias que adquirimos en los primeros años de vida influyen en nuestra forma de interpretar el mundo y cómo la conciencia nos permite transformarlas. Puedes comenzar por el siguiente video:
Y la segunda invitación es a que leas el libro de Vane Vélez “El Arte de ser Tu”, en el que ella, una de mis colegas entrañables, brinda herramientas para resignificar nuestras historias, y lo hace con su propio testimonio, narrando acontecimientos difíciles en su infancia que podían haberla llevado a vivir en resentimiento o ansiedad, y por el contrario, la hicieron resiliente, confiada y dulce, para vivir la vida desde otra mirada e incluso escoger un rol de liderazgo al servicio de los demás.
Nuestra infancia escribe el primer borrador de nuestra historia, la adultez nos regala el privilegio de convertirnos en sus editores.
Resignificar no cambia los hechos; cambia el significado que esos hechos tienen sobre quienes creemos que somos hoy.
Un fuerte abrazo,
Livi 💛





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