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¿Ganar o perder? Hay un tercer camino...

  • Foto del escritor: Livi Betancur
    Livi Betancur
  • hace 5 días
  • 5 min de lectura

Una de las formas más silenciosas de perder libertad es quedar atrapados en la necesidad de tener la razón.

Tener la razón produce una sensación de seguridad, nos hace sentir inteligentes, coherentes e incluso elocuentes. El problema aparece cuando esa necesidad se vuelve más importante que aprender, crear, conectar o amar.

En la clase de Nicolás Martínez en Madrid, él nos dijo una frase que me impactó un montón:

“La mayor trampa para crear, innovar y empoderar es vivir la vida en función de tener la razón.”

La anoté de inmediato. Y mientras la escribía, sentí un escalofrío en todo el cuerpo porque me di cuenta que eso no ocurre solo en las organizaciones; también sucede en las conversaciones con quienes más queremos.

Cuando estamos obsesionados con tener la razón, dejamos de escuchar, dejamos de sentir curiosidad y dejamos de preguntarnos qué está viendo el otro que nosotros no alcanzamos a ver. En ese momento mi esposo estaba a mi lado y fue muy chistoso porque nos miramos con la intención de querer decirle al otro: “¿Viste? Yo te lo dije, deja de ser terco”.

¡Qué tan fácil es ver la terquedad en el otro y qué tan difícil es verla en nosotros mismos!

Pensé en ese momento en esas conversaciones acaloradas donde ninguno cede; donde el cansancio no viene del tema sino de la necesidad de tener la razón y ganar el argumento. Muchas veces alrededor de la cena, empezamos una discusión sobre un planteamiento que hacemos Isabella, mi esposo o yo, en el que no todos estamos de acuerdo, y en cuestión de minutos deja de ser sobre eso y se convierte en una competencia, y ahora lo que está en juego ya no es resolver, es no perder, y querer que al final de la conversación mi planteamiento o forma de ver las cosas “gane”.

Justamente aprovechando que Isabella está con nosotros en vacaciones, he puesto más consciencia en esas discusiones; en lo que ella nos quiere decir, porque finalmente ganar una discusión casi nunca se siente como una victoria sino lo contrario, porque te acuestas con la razón de tu lado y, sin embargo, duermes lejos del otro...



Esa distancia no se nota de inmediato, pero se acumula, noche tras noche, conversación tras conversación, hasta que un día te preguntas por qué se siente tan lejana la conexión con alguien a quien amas tanto y que no le has permitido que te muestre eso que te puede enseñar, expandir y colorear de otros tintes más allá de tu visión de siempre.

Y casi nunca se nota en las peleas grandes, sino en las conversaciones pequeñas, en el tono con el que decimos “te lo dije”, en cómo sacamos a relucir un error de hace tres semanas para reforzar el de hoy, en esa necesidad de dejar constancia de que uno tenía razón, como si lleváramos un expediente silencioso del otro y entonces la conversación deja de ser sobre lo que pasó hoy y se convierte en un juicio sobre quién es el otro.

Y los hijos no aprenden de lo que les decimos sobre resolver los conflictos. Aprenden de cómo lo hacemos nosotros. Si en la casa la única forma de cerrar una conversación es que alguien “gane”, eso es exactamente lo que se llevan a su vida, a su relación con los amigos, su pareja, su entorno, a su manera de discutir con el mundo.

¿Y qué pasa cuando el que necesita tener la razón tiene poder en una organización?

Volví de viaje directo a mi primer comité de presidencia, y me encontré respondiendo a colegas sobre los retos de mis equipos desde el impulso de justificar, argumentar, defender... y en algún momento me detuve a preguntarme: ¿Para qué? ¿Estaba resolviendo algo, o solo necesitaba tener la razón?

Esto es lo que más me preocupa de esta trampa cuando va acompañada de poder por un cargo, la experiencia, los datos, y ahora también la inteligencia artificial de nuestro lado: el silencio que genera no se siente como un problema, se siente como orden, como un equipo alineado, como que “todo está bien”. Pero ese silencio casi nunca es paz. Es miedo.

Las personas dejan de proponer y empiezan a obedecer, dejan de contradecir y empiezan a hacer caso. Y un líder puede pasar meses, incluso años, creyendo que su equipo está de acuerdo con todo, cuando en realidad simplemente dejó de intentarlo.

Y entonces, ¿tu equipo deja de contradecirte porque está de acuerdo, o porque aprendió que no vale la pena o incluso le puede ir mal si lo hace?

Y lo más irónico es que cuanta más “razón” tiene un líder (más experiencia, más cargo, más información) más fácil es caer en esta trampa, porque cada vez hay más evidencia para defender la propia postura. Pero tener más argumentos para sostener una posición no es lo mismo que tener la razón; un equipo que no se atreve a decir lo contrario no es un equipo alineado, es un equipo apagado.

Una última reflexión para ti, que lees esto hoy...

Pienso que las grandes transformaciones nacen justamente en el lugar contrario de "tener la razón": en la capacidad de admitir que podemos estar equivocados, que existe otra mirada posible, que la verdad rara vez cabe completa en una sola persona.

Mientras más experiencia acumulamos, más exitos tenemos y más responsabilidad asumimos, más facil es creer que nuestro valor está en saber, que debemos tener la respuesta correcta, que nuestra autoridad depende de demostrar que entendemos más que los demás. Sin darnos cuenta, comenzamos a defender nuestras ideas en lugar de explorar posibilidades, y aparece una paradoja interesante:

Cuanto más necesitamos tener la razón, menos aprendemos y aprovechamos al equipo que tenemos a cargo.

Cuando un lider está demasiado comprometido con sus propias respuestas, las personas dejan de traer ideas, de expresar su opinión, dejan de cuestionar y dejan de asumir riesgos y aprenden a leer lo que el jefe quiere escuchar. Pero cuando un lider suelta la necesidad de tener la razón, ocurre algo extraordinario: aparece la curiosidad, la escucha genuina, el permiso para pensar diferente, los equipos dejan de trabajar para validar las ideas del lider y comienzan a construir juntos una realidad mejor.

He descubierto que algunas de las conversaciones más poderosas de mi vida han comenzado cuando cambié una afirmación por una pregunta, cuando dejé de decir “Asi son las cosas” y empecé a preguntar : ¿Qué puedo comprender?, porque la verdadera autoridad nace de crear espacios donde la verdad pueda aparecer, incluso cuando no viene de nosotros.

Soltar la necesidad de tener la razón significa sostener nuestras convicciones con humildad, significa cambiar la pregunta : ¿Cómo demuestro que tengo razón? por ¿Qué puedo aprender aquí?

Cada vez que soltamos la necesidad de ganar una discusión, ganamos algo mucho más valioso: una mejor relación, una idea nueva, una oportunidad de crecer o simplemente un momento de paz. La verdadera sabiduria está en renunciar a tener siempre la razón.

Para terminar, te invito a hacer un ejercicio esta semana: 


⚡ Reto de la semana: cambia la razón por conexión

La próxima vez que sientas el impulso de defenderte o de demostrar que tienes la razón en tu casa, en una reunión o frente a una noticia, detente unos segundos antes de responder.

Respira.

Y pregúntate con honestidad:

¿Qué estoy intentando proteger en este momento? ¿Mi verdad? ¿Mi ego? ¿Mi miedo a no ser suficiente?

Después, intenta algo distinto:

Escucha una frase más antes de reaccionar.

Haz una pregunta en lugar de dar una explicación.

Permite que el otro termine completamente su idea.

✨ Repite este mantra cada vez que lo necesites:

"Prefiero la conexión a la victoria. Prefiero crecer a tener razón.”



¿Qué pasa si esta semana cambias la necesidad de tener la razón por la disposición de comprender al otro?

Porque muchas veces, detrás del “tener la razón”, solo hay un ser humano queriendo sentirse visto, escuchado y suficiente. Y quizás ahí está la verdadera transformación: en descubrir que no siempre necesitamos tener la razón para poder conectar, amar y liderar mejor.


Con todo mi amor,


Livi 💛

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